martes, 2 de septiembre de 2014

Caretas y encubridores

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Mirar a un costado por conveniencia también es machismo. Encubrir la violencia de género es tolerarla, aprobarla, justificarla y, en definitiva, practicarla. El patriarcalismo instalado en nuestras sociedades permea clases sociales, condiciones socioeconómicas, gremios y regionalismos. No distingue entre hombres y mujeres y mucho menos ideologías o banderas políticas. Los últimos sucesos lo demuestran y es por eso que hay que transversalizar la lucha contra él desde todas las dimensiones de nuestra existencia.
 
Estamos rodeados y casi asimilados por las prácticas machistas cotidianas. Tenemos que aceptarlo. Vivimos en un país en el que un patrón siente que puede disponer de la vida de una mujer al punto de intentar imponerle que las agresiones que sufrió permanezcan en la impunidad. El jefe le salva el pellejo al compadre golpeador. El violador le echa la culpa a la cerveza. El asesino dice que fue por culpa de los celos. El poder premia al asesino y le monta una falsa muerte. El compadre golpeador lo niega todo. El Presidente le mantiene la candidatura al machista. Y al final todos repiten al unísono que son víctimas de guerra sucia.
 
Sin embargo, el absoluto cinismo con el que los protagonistas de las agresiones eluden responsabilidades y culpas es apenas una de las dimensiones del problema. La otra es la deshonestidad intelectual, oportunismo y cálculo politiquero barato con el que diversos actores responden a estos hechos. Los malabares argumentativos con el que las candidatas de Unidad Demócrata intentaron justificar la intolerable acción del dueño de su partido no son sólo patéticas y mediocres, sino también lamentables expresiones femeninas del mismo patriarcalismo que produce golpizas y feminicidios.
 
En la otra vereda no es menos que decepcionante la forma en la que las referentes oficialistas (no todas, por supuesto) intentaron eludir condenar a la retrógrada manifestación de machismo que ejercitó su candidato a primer senador por Cochabamba. Respeto a todos los que todavía creen que este proceso político es el bien mayor que conservar, pero no por ello se pueden aceptar los silencios, las consignas de memoria, mensajes vacíos y gambetas retóricas con las que esquivaron pronunciarse directamente sobre esa triste y elocuente declaración. Lamentablemente la nueva gestión masista comienza con este mutis cómplice que confunde obsecuencia con militancia.
 
Si no estamos en condiciones de expulsar a un candidato invitado que, sabemos bien, es un elemento negativo para el proceso de cambio, mucho menos seremos capaces de criticar y detener los errores que a nombre de la revolución se cometerán en el futuro. Ni qué decir de la grosera y desagradable analogía que hizo Evo Morales al comparar la lealtad del voto masista con las golpizas que las mujeres soportan. Ya escuchamos muchas veces que esos comentarios se celebran con risas y aplausos.
 
¿Y los medios? Es lamentable que el periodismo todavía sea parte del problema en lugar de plantear la lucha contra la violencia de género como uno de sus horizontes permanentes. La apertura de la agenda mediática hacia estos casos es un elemento positivo, sin embargo la cantidad no siempre supone calidad. Todos los días se producen coberturas que esconden, que encubren, revictimizan y normalizan las agresiones.
 
Tal vez el afán de profundizar la investigación y ofrecer la noticia más completa posible hayan sido los motivos para reparar en los antecedentes de la fuente del audio de Samuel Doria Medina, sin embargo, ¿cuáles son los efectos de aquello? Voluntaria o involuntariamente, los medios de comunicación que cuestionaron la independencia de la señora Teresa Zubieta tendieron un manto de dudas sobre un hecho de chantaje, intimidación y encubrimiento que debería estar fuera de toda discusión.
 
En otro contexto, desde luego que deberíamos dar cuenta de las afinidades políticas de la ex militante de Derechos Humanos que quiso tomar por la fuerza la sede de la APDHLP y que en 2010 fue señalada por no pocos activistas por intentar encubrir al Gobierno y a Sacha Llorenti de su responsabilidad por la muerte de dos jóvenes en Caranavi. En este caso particular, hacer énfasis en sus simpatías políticas casi con la misma relevancia (o más) que la grabación misma es ponerse del lado de los agresores impunes. Es desviar la mirada hacia los hechos accesorios de un inconfundible acto de violencia de género.
 
Dispersar el debate con teorías conspirativas de poca monta, responder a una agresión con el antecedente de otra del candidato del frente, cuestionar el origen del audio como si ello fuera un factor determinante o santificar al agresor con aperturas que lo muestran como la víctima de una extorsión o un montaje bien preparado es hacerles un flaco favor a los machistas. Nadie pide que se le niegue el derecho a la réplica al candidato de Unidad Demócrata, que hable todo lo que quiera. Sin embargo debemos ser conscientes que la violencia patriarcal es omnipresente en nuestra sociedad y por ello el enfoque de género tiene ser permanente en nuestro trabajo. El periodismo debe dejar de seguir el juego de los agresores. Denunciar un hecho de agresión hacia la mujer no es, de ninguna manera, guerra sucia. Venga de donde venga.

El tema está instalado y, en mayor o menor medida, el campo político está escarmentado. Evitarán en adelante con mucha mayor vehemencia que se destapen sus machismos y agresiones. En eso hay ganancia, pero todavía encubrimos y expiamos más de lo que condenamos y develamos. Mientras sigamos bastardeando nuestro juicio ético y conciencia crítica (Sacheri dixit.) a partir de nuestras afinidades políticas, seguiremos en la cultura del encubrimiento y el caretaje. Y esto aplica para todos los actores, sean autoridades, candidatos, dirigentes, referentes de opinión o periodistas. Frente a la violencia de género, el silencio siempre será un acto de complicidad.

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