domingo, 23 de marzo de 2014

Ojalá que no

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“Creo que el gobierno se ha dedicado a agarrar a los dirigentes, cuando más bien debería soltar y dejar que sigan su camino, que sigan haciendo sus reivindicaciones. Están perdiendo el tiempo queriendo jalar a las dirigencias a su lado para controlar. No, no es ese el camino. (…) Más bien las organizaciones deberían volver a ver lo que está pasando con las transnacionales del gas, del agua, de electricidad y retomar su verdadero camino”.

Lo dijo, hace unos años, nada menos que nuestro flamante presidente del Senado, mientras era alcalde de Achacachi y todavía estaba lejos del Movimiento Al Socialismo (Indymedia La Paz, septiembre de 2006). Es poco probable que Eugenio Rojas repita estas palabras (por ahora), aunque los últimos sucesos hayan renovado la vigencia de su mensaje.

No es nada nuevo que dentro de las organizaciones sindicales se formen “paralelas” y tampoco son recientes las disputas en la Asamblea de Derechos Humanos, pero cuando uno de los bandos recibe custodia policial y una silenciosa cortina de favores desde algunos despachos de Estado, no podemos mirar al costado.

La Policía cerró el paso en la sede de Conamaq con la excusa de evitar enfrentamientos hasta que, un día después del paso del Dakar, el sector “alineado” pudo tomar las instalaciones con el apoyo de afiliados a organizaciones que nada tienen que ver con los indígenas de tierras altas. En la misma semana, los mismos uniformados aparecieron en la sede de la APDHB y sólo la oportuna denuncia del avasallamiento permitió su repliegue y frenó la ofensiva del bloque oficialista (por ahora).

Vale la pena recordar que este mismo grupo pretendió deslegitimar el informe de Derechos Humanos que señalaba responsabilidades por la muerte de dos jóvenes en Caranavi en Mayo de 2010. Cuando estamos por cumplir cuatro años de aquella sangrienta represión, que fue más violenta que la de Chaparina, los decesos de David Calisaya y Mario Hernani siguen impunes y ese grupo permanece en silencio.

Antes ya le pasó a la CIDOB y hace años que todas las organizaciones sociales sufren algo parecido. Ministros, viceministros, diputadas y algún delegado, entre muchos otros, se ocupan de operar los espacios de deliberación y elección de autoridades sindicales y originarias. Y, para ello, no faltan viajes, cargos o candidaturas. ¿Sabían que ahora hay dirigentes que cobran por participar y dar “legitimidad” a talleres o a socializaciones? Es la cultura de la prebenda que ya fue asimilada en algunos espacios por culpa de la injerencia del oficialismo y, también, de algunas ONG.

¿Y al que critica? A él le tocará escuchar palabras como vendido, imperialista, oenegero, traidor, disidente, resentido, opositor, racista y algunas más. El debate en el interior de las organizaciones todavía es intenso, pero cada día está más condicionado por la línea que baja desde La Paz. El que se desmarca se arriesga a que le digan todo lo anterior.  

Yo no entiendo la paranoia y la aversión con la que se reciben a las voces que cuestionan. No digo que todos sean santos o que no existan oportunistas, pero todos sabemos que la rebeldía colectiva fue uno de los denominadores comunes que forjaron todo esto. Es natural que los que decidieron no sumarse orgánicamente ejerzan su derecho a la crítica y a tener una posición autónoma sin que ello signifique que se pasaron a la oposición o que son un instrumento de la derecha, como les gusta calificar a muchos ahora.

Si no hubiesen surgido cuestionamientos en esta gestión gubernamental, hoy la gasolina costaría el doble, el TIPNIS estaría partido en dos, la consulta previa habría desaparecido, Sacha Llorenti seguiría siendo ministro de Gobierno y la defensa de los derechos humanos y de la Madre Tierra serían menos que una añoranza. Seguramente hoy el Ejecutivo celebraría un periodo pleno de victorias políticas y con indicadores económicos impresionantes, pero el proceso de cambio estaría desahuciado. Con o sin reelección.

Espero, de verdad, que en los siguientes años no extrañemos esa formidable capacidad/intensidad de debate, discrepancia e involucramiento que caracterizó y cambió a Bolivia en los últimos 15 años y que ahora se ve amenazada. Ojalá no volvamos nunca más a ser ese país que apenas se miraba y se lamentaba en silencio. Ojalá que no.

*Publicado en la sección de Opinión de Página Siete, el 30 de enero de 2014.
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