lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Cuánto cambió Bolivia con la "revolución" de Evo Morales?

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"Macaco", "dictadorzuelo" y "excelentísimo asesino": así trataban a Evo Morales hace menos de una década en Santa Cruz, en el este de Bolivia. Allí, en la misma ciudad en la que antes no podía aterrizar, el mandatario fue ovacionado esta semana por una multitud.

En aquellos años de combate y resistencia al gobierno de Morales, las personas con rasgos o atuendos indígenas evitaban pasar por la plaza principal de la ciudad. No era inusual que los grupos de choque de oposición los agarraran a palos.

Cuando se conocía que el avión presidencial se acercaba, los aeropuertos eran inmediatamente cercados para evitar que el jefe de gobierno aterrizara en la ciudad.

Una de las opositoras, reconocida como una de las más radicales de aquel entonces, estuvo el miércoles pasado en un lugar preferencial durante el acto de cierre de campaña del partido de Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS).

Ella se subió al carro oficialista en el último momento, olvidó cuando acusaba a Morales de narcotráfico y corrupción. Desde hace un par de semanas no se quita la gorra, gafas y camiseta con los colores del oficialismo. Se llama Jessica Echeverría y no fue la única que cambió de bando en estos años.

Han pasado nueve años del primer batacazo electoral de Morales, en el que consiguió un apoyo de 54%.

Empresarios, líderes cívicos, barras bravas de fútbol, modelos, deportistas y cantantes -entre muchas otras personalidades- son ahora habituales en los actos de la campaña por el tercer mandato del presidente: bailan cumbia con él y agitan banderas con su rostro.

Por si fuera poco, el autor de la canción de la campaña "evista" de este año es el mismo que animaba a las multitudinarias asambleas en que se insultaba al mandatario entre 2006 y 2008.

Algo tuvo que pasar para tal giro.



La inclusión
La bonanza económica, que unos atribuyen a los buenos precios de las materias primas y otros a una eficiente gestión gubernamental, permitió al gobierno llevar una política de distribución a través de bonos (a estudiantes y madres, por ejemplo) y de concreción de obras en ciudades de todo el país.

"En el proceso actual, considero que la bonanza económica es el leit motiv del cambio. El gobierno aplica la máxima política de que 'el poder es para usarlo' y tiene los recursos suficientes para hacerlo", le comenta a BBC Mundo Gerson Rivero, periodista y analista político en Santa Cruz.

Los cambios en el ámbito social fueron notorios: en 2008, el gobierno de Bolivia declaró que el país cumplía con el requisito de tener menos de un 4% de analfabetismo, la condición establecida por la Unesco para considerar a un territorio libre de analfabetismo.

Además, con la ayuda de médicos cubanos, se realizaron 650.000 curaciones gratuitas y operaciones de la vista.

La inmensa mayoría de los beneficiarios de estos programas de educación y salud han sido los sectores campesinos, indígenas y de escaso poder adquisitivo en las ciudades.

En las oficinas públicas de Bolivia ahora se ven ponchos y polleras en todos los ambientes. Desde los despachos ministeriales hasta las gendarmerías. Se masca coca en las reuniones de gabinete presidencial al igual que en las plazas de las poblaciones más alejadas del centro político boliviano.

Los apellidos que por lo general portan las clases humildes ahora se repiten con frecuencia en los consejos de ministros, las alcaldías o los estrados judiciales. Sin embargo, todavía no han logrado abrirse paso en las organizaciones consideradas más excluyentes y racistas de la sociedad boliviana, como las Fuerzas Armadas.



Movilidad inesperada

Conocí a Arturo en un curso de ciencias políticas de una universidad privada. Llegaba todas las mañanas en una Yamaha y vestía a diario chaquetas deportivas, de esas que usan los motociclistas de competencia. No era parte de los grupos de alumnos que eran hijos de empresarios, pero se notaba que su capacidad económica no era inferior a la de ellos.

Hace unos años comenzó a administrar los depósitos que tiene el padre en una zona de comercio de electrodomésticos. Cambió la moto por un par de autos, una 4x4 y otro deportivo. Vive en una urbanización que en menos de cinco años será la nueva zona más exclusiva de La Paz.

No es el único. Abundan los autos de lujo entre los nuevos comerciantes pudientes que irrumpieron en las narices de la antigua casta empresarial.

La boda de Arturo fue con la encargada de la empresa proveedora de motos que importaba su padre desde China. Llegaron dos aviones desde tierras asiáticas para el festejo de casi una semana que se realizó en una población rural del Altiplano.

"Socialmente lo novedoso es el recambio de élites a todo nivel y la movilidad social en un país en el que esto no existía. Además, se han dado pasos muy importantes en la resolución del principal problema del país, el racismo", le señala a BBC Mundo el analista político Ilya Fortún.

Nuevos centros, nuevo consumo

Sin embargo, el columnista añade que el cambio ha tomado una dirección que nadie esperaba. "Evo es la nueva centro derecha y el capitalismo reinante es más salvaje que en el periodo llamado neoliberal", asevera.

Y Fortún no es el único que opina así. Una de las acusaciones recurrentes de la oposición y de sectores disidentes contra Morales es su alianza con las élites. "Con Evo los empresarios han ganado más que nunca" es una frase que usa el oficialismo como algo positivo y que la oposición repite pero en tono de reproche.

En una conversación que tuve con el politólogo Diego Ayo, éste me apuntó que el buen momento económico viene acompañado de una nueva actitud consumista muy fuerte en los sectores urbanos.

Centros comerciales, patios de comidas, cadenas internacionales de fast food y salas de cine 3D triunfan y se multiplican en todo en el país. La gente pasa días enteros en estos lugares, alternando entre juegos, películas y comida chatarra.

Hace apenas 12 años, la gigante McDonald's fracasaba en Bolivia y desmontaba todos sus restaurantes. Hoy esas hamburguesas seguramente serían un éxito.
El (nuevo) bloque de Evo

El nuevo bloque de Evo

Como Jessica, Arturo, las modelos top y los viejos empresarios, no son pocos los que encuentran motivos para celebrar que el presidente avanza rumbo a una nueva victoria.

Si en Venezuela se habla de los "boliburgueses" para denominar a los nuevos ricos producto del chavismo, en Bolivia ya se reconoce la existencia de la nueva "burguesía aymara".

Desde hace unos años que artistas y conjuntos musicales de México, Argentina y Perú aterrizan en Bolivia más veces contratados para las fiestas privadas de esta élite en crecimiento, que para ofrecer conciertos abiertos al público.

Existen sectores que han ganado mucho espacio y favores en el gobierno. Los mineros cooperativistas, los campesinos que colonizan tierras y el núcleo duro del "evismo", los cocaleros, son algunos de estos grupos de donde salen anualmente no pocos nuevos ricos.

Casi a nadie le sorprende verlos en sitios exclusivos, desde las salas de preembarque internacional de los aeropuertos a los despachos donde se decide el destino del país. De hecho, una ley prohíbe a cualquier establecimiento como un restaurante o una discoteca impedir el ingreso de alguien merced a su aspecto, vestimenta o color de piel.
Morales lleva en el poder desde 2006.

Tampoco nadie se animaría ya a decirle "macaco" al presidente o a cualquier indígena abiertamente frente a una multitud. Todo en la sociedad boliviana de hoy apunta a que esos años ya pasaron.

"Nunca más Bolivia sin indígenas", repite el vicepresidente Álvaro García Linera como el principal logro de los nueve años de gestión oficialista.

Sin embargo, los detractores de Morales acusan al gobierno de manejar ese discurso apenas como una pantalla para consolidar los enriquecimientos particulares, la explotación indiscriminada de recursos naturales y la perpetuidad del mandatario en el poder.

Entre los conciertos privados de los aymaras y los malls que se multiplican sin cesar, entre muchas otras transformaciones en la sociedad boliviana que se ven todos los días, Evo camina tranquilo rumbo a un nuevo mandato.

Si todo marcha como hasta ahora, el 2019 cumplirá 14 años ininterrumpidos al frente de Bolivia.


Publicado originalmente el 10 de octubre en BBC Mundo

martes, 2 de septiembre de 2014

Caretas y encubridores

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Mirar a un costado por conveniencia también es machismo. Encubrir la violencia de género es tolerarla, aprobarla, justificarla y, en definitiva, practicarla. El patriarcalismo instalado en nuestras sociedades permea clases sociales, condiciones socioeconómicas, gremios y regionalismos. No distingue entre hombres y mujeres y mucho menos ideologías o banderas políticas. Los últimos sucesos lo demuestran y es por eso que hay que transversalizar la lucha contra él desde todas las dimensiones de nuestra existencia.
 
Estamos rodeados y casi asimilados por las prácticas machistas cotidianas. Tenemos que aceptarlo. Vivimos en un país en el que un patrón siente que puede disponer de la vida de una mujer al punto de intentar imponerle que las agresiones que sufrió permanezcan en la impunidad. El jefe le salva el pellejo al compadre golpeador. El violador le echa la culpa a la cerveza. El asesino dice que fue por culpa de los celos. El poder premia al asesino y le monta una falsa muerte. El compadre golpeador lo niega todo. El Presidente le mantiene la candidatura al machista. Y al final todos repiten al unísono que son víctimas de guerra sucia.
 
Sin embargo, el absoluto cinismo con el que los protagonistas de las agresiones eluden responsabilidades y culpas es apenas una de las dimensiones del problema. La otra es la deshonestidad intelectual, oportunismo y cálculo politiquero barato con el que diversos actores responden a estos hechos. Los malabares argumentativos con el que las candidatas de Unidad Demócrata intentaron justificar la intolerable acción del dueño de su partido no son sólo patéticas y mediocres, sino también lamentables expresiones femeninas del mismo patriarcalismo que produce golpizas y feminicidios.
 
En la otra vereda no es menos que decepcionante la forma en la que las referentes oficialistas (no todas, por supuesto) intentaron eludir condenar a la retrógrada manifestación de machismo que ejercitó su candidato a primer senador por Cochabamba. Respeto a todos los que todavía creen que este proceso político es el bien mayor que conservar, pero no por ello se pueden aceptar los silencios, las consignas de memoria, mensajes vacíos y gambetas retóricas con las que esquivaron pronunciarse directamente sobre esa triste y elocuente declaración. Lamentablemente la nueva gestión masista comienza con este mutis cómplice que confunde obsecuencia con militancia.
 
Si no estamos en condiciones de expulsar a un candidato invitado que, sabemos bien, es un elemento negativo para el proceso de cambio, mucho menos seremos capaces de criticar y detener los errores que a nombre de la revolución se cometerán en el futuro. Ni qué decir de la grosera y desagradable analogía que hizo Evo Morales al comparar la lealtad del voto masista con las golpizas que las mujeres soportan. Ya escuchamos muchas veces que esos comentarios se celebran con risas y aplausos.
 
¿Y los medios? Es lamentable que el periodismo todavía sea parte del problema en lugar de plantear la lucha contra la violencia de género como uno de sus horizontes permanentes. La apertura de la agenda mediática hacia estos casos es un elemento positivo, sin embargo la cantidad no siempre supone calidad. Todos los días se producen coberturas que esconden, que encubren, revictimizan y normalizan las agresiones.
 
Tal vez el afán de profundizar la investigación y ofrecer la noticia más completa posible hayan sido los motivos para reparar en los antecedentes de la fuente del audio de Samuel Doria Medina, sin embargo, ¿cuáles son los efectos de aquello? Voluntaria o involuntariamente, los medios de comunicación que cuestionaron la independencia de la señora Teresa Zubieta tendieron un manto de dudas sobre un hecho de chantaje, intimidación y encubrimiento que debería estar fuera de toda discusión.
 
En otro contexto, desde luego que deberíamos dar cuenta de las afinidades políticas de la ex militante de Derechos Humanos que quiso tomar por la fuerza la sede de la APDHLP y que en 2010 fue señalada por no pocos activistas por intentar encubrir al Gobierno y a Sacha Llorenti de su responsabilidad por la muerte de dos jóvenes en Caranavi. En este caso particular, hacer énfasis en sus simpatías políticas casi con la misma relevancia (o más) que la grabación misma es ponerse del lado de los agresores impunes. Es desviar la mirada hacia los hechos accesorios de un inconfundible acto de violencia de género.
 
Dispersar el debate con teorías conspirativas de poca monta, responder a una agresión con el antecedente de otra del candidato del frente, cuestionar el origen del audio como si ello fuera un factor determinante o santificar al agresor con aperturas que lo muestran como la víctima de una extorsión o un montaje bien preparado es hacerles un flaco favor a los machistas. Nadie pide que se le niegue el derecho a la réplica al candidato de Unidad Demócrata, que hable todo lo que quiera. Sin embargo debemos ser conscientes que la violencia patriarcal es omnipresente en nuestra sociedad y por ello el enfoque de género tiene ser permanente en nuestro trabajo. El periodismo debe dejar de seguir el juego de los agresores. Denunciar un hecho de agresión hacia la mujer no es, de ninguna manera, guerra sucia. Venga de donde venga.

El tema está instalado y, en mayor o menor medida, el campo político está escarmentado. Evitarán en adelante con mucha mayor vehemencia que se destapen sus machismos y agresiones. En eso hay ganancia, pero todavía encubrimos y expiamos más de lo que condenamos y develamos. Mientras sigamos bastardeando nuestro juicio ético y conciencia crítica (Sacheri dixit.) a partir de nuestras afinidades políticas, seguiremos en la cultura del encubrimiento y el caretaje. Y esto aplica para todos los actores, sean autoridades, candidatos, dirigentes, referentes de opinión o periodistas. Frente a la violencia de género, el silencio siempre será un acto de complicidad.

https://www.facebook.com/fueradelalista

domingo, 23 de marzo de 2014

Ojalá que no

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“Creo que el gobierno se ha dedicado a agarrar a los dirigentes, cuando más bien debería soltar y dejar que sigan su camino, que sigan haciendo sus reivindicaciones. Están perdiendo el tiempo queriendo jalar a las dirigencias a su lado para controlar. No, no es ese el camino. (…) Más bien las organizaciones deberían volver a ver lo que está pasando con las transnacionales del gas, del agua, de electricidad y retomar su verdadero camino”.

Lo dijo, hace unos años, nada menos que nuestro flamante presidente del Senado, mientras era alcalde de Achacachi y todavía estaba lejos del Movimiento Al Socialismo (Indymedia La Paz, septiembre de 2006). Es poco probable que Eugenio Rojas repita estas palabras (por ahora), aunque los últimos sucesos hayan renovado la vigencia de su mensaje.

No es nada nuevo que dentro de las organizaciones sindicales se formen “paralelas” y tampoco son recientes las disputas en la Asamblea de Derechos Humanos, pero cuando uno de los bandos recibe custodia policial y una silenciosa cortina de favores desde algunos despachos de Estado, no podemos mirar al costado.

La Policía cerró el paso en la sede de Conamaq con la excusa de evitar enfrentamientos hasta que, un día después del paso del Dakar, el sector “alineado” pudo tomar las instalaciones con el apoyo de afiliados a organizaciones que nada tienen que ver con los indígenas de tierras altas. En la misma semana, los mismos uniformados aparecieron en la sede de la APDHB y sólo la oportuna denuncia del avasallamiento permitió su repliegue y frenó la ofensiva del bloque oficialista (por ahora).

Vale la pena recordar que este mismo grupo pretendió deslegitimar el informe de Derechos Humanos que señalaba responsabilidades por la muerte de dos jóvenes en Caranavi en Mayo de 2010. Cuando estamos por cumplir cuatro años de aquella sangrienta represión, que fue más violenta que la de Chaparina, los decesos de David Calisaya y Mario Hernani siguen impunes y ese grupo permanece en silencio.

Antes ya le pasó a la CIDOB y hace años que todas las organizaciones sociales sufren algo parecido. Ministros, viceministros, diputadas y algún delegado, entre muchos otros, se ocupan de operar los espacios de deliberación y elección de autoridades sindicales y originarias. Y, para ello, no faltan viajes, cargos o candidaturas. ¿Sabían que ahora hay dirigentes que cobran por participar y dar “legitimidad” a talleres o a socializaciones? Es la cultura de la prebenda que ya fue asimilada en algunos espacios por culpa de la injerencia del oficialismo y, también, de algunas ONG.

¿Y al que critica? A él le tocará escuchar palabras como vendido, imperialista, oenegero, traidor, disidente, resentido, opositor, racista y algunas más. El debate en el interior de las organizaciones todavía es intenso, pero cada día está más condicionado por la línea que baja desde La Paz. El que se desmarca se arriesga a que le digan todo lo anterior.  

Yo no entiendo la paranoia y la aversión con la que se reciben a las voces que cuestionan. No digo que todos sean santos o que no existan oportunistas, pero todos sabemos que la rebeldía colectiva fue uno de los denominadores comunes que forjaron todo esto. Es natural que los que decidieron no sumarse orgánicamente ejerzan su derecho a la crítica y a tener una posición autónoma sin que ello signifique que se pasaron a la oposición o que son un instrumento de la derecha, como les gusta calificar a muchos ahora.

Si no hubiesen surgido cuestionamientos en esta gestión gubernamental, hoy la gasolina costaría el doble, el TIPNIS estaría partido en dos, la consulta previa habría desaparecido, Sacha Llorenti seguiría siendo ministro de Gobierno y la defensa de los derechos humanos y de la Madre Tierra serían menos que una añoranza. Seguramente hoy el Ejecutivo celebraría un periodo pleno de victorias políticas y con indicadores económicos impresionantes, pero el proceso de cambio estaría desahuciado. Con o sin reelección.

Espero, de verdad, que en los siguientes años no extrañemos esa formidable capacidad/intensidad de debate, discrepancia e involucramiento que caracterizó y cambió a Bolivia en los últimos 15 años y que ahora se ve amenazada. Ojalá no volvamos nunca más a ser ese país que apenas se miraba y se lamentaba en silencio. Ojalá que no.

*Publicado en la sección de Opinión de Página Siete, el 30 de enero de 2014.
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lunes, 13 de enero de 2014

OFERTA: La última tarde del adiós a 50 bolivianos y a domicilio

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Publicación por Boris Iván Miranda.





miércoles, 8 de enero de 2014

Boris Miranda: "No creo que Goni se hubiese suicidado, solo amenazó con ello" (ERBOL)

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