lunes, 12 de agosto de 2013

La batalla perdida (sobre los ataques a Página Siete)

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A principios de siglo, ya electo, Lula Da Silva convocó a varios periodistas latinoamericanos para consultarles sobre la relación que su naciente gobierno debía tener con el periodismo. Los colegas le plantearon al ex mandatario brasileño que la mejor alternativa era llevarse bien con los medios. Le sugirieron dejarlos trabajar, avanzar en una nueva legislación, generar opciones alternativas y disputarles la construcción de la agenda a partir de su gestión y no desde los arrebatos. Esa fue la política comunicacional del Gobierno del PT y, pese a los escándalos de corrupción que se destaparon, no le fue nada mal al fogueado ex líder sindical.
 
El primer número de Página Siete. 24 de abril de 2010
 
 
A mediados de 2011, en un encuentro sobre comunicación estatal en Cochabamba, Evo Morales mostró un periódico ecuatoriano y le pidió a sus comunicadores que “sigan el ejemplo”. Aquel diario informaba sobre la millonaria multa que un medio impreso debía pagar por un juicio iniciado por Rafael Correa. Ese fue el mensaje que el primer mandatario dejó en una reunión en la que se debían trazar los lineamientos estratégicos de la comunicación desde el Estado. De eso se habló poco.  
 
Hace unos meses, desde el ministerio de Comunicación le dijeron a una autoridad oficialista que no debería publicar sus columnas en el diario Página Siete porque rompería una “política comunicacional ya tomada”. ¿Eso entienden por política comunicacional? Esperemos que no sea así. Y no fue la única llamada de atención. Desde la Vicepresidencia salió un reclamo similar a esta persona. “Hay que evitar que ese periódico muestre pluralidad”, le dijeron.
 
Hay más. Un ministro que estuvo muy cerca de iniciar su columna en el periódico de Cota Cota tuvo que desistir porque alguien lo acusó por tal afrenta. Uno de esos obsecuentes y comedidos, que sobran en todos los gobiernos, llevó el chisme al Palacio de Gobierno y al edificio que está frente al Banco Central. Así hacen su trabajo los comisarios del proceso de cambio. Llevan y traen rumores, crean intrigas, condenan, alucinan con conspiraciones, vetan a cualquier voz disonante y lisonjean a los de arriba. La columna de opinión, que esperábamos y apoyábamos varios, nunca llegó a salir a las calles. Los obtusos fundamentalistas ganaron la partida. Perdimos todos los demás. También el Gobierno, que se privó de contar con una voz alternativa y fresca, capaz de romper con la beligerante y mediocre agenda política.
 
Ya son dos los ministros que se quedaron con las ganas de tener una columna en Página Siete gracias a la mezquina aplicación de esa “política comunicacional”. No vale la pena apuntar la cantidad de veces que autoridades muy apenadas me pidieron disculpas por no concederme entrevistas  durante el tiempo que trabajé en ese diario. Todos me decían casi lo mismo: la decisión con Página Siete es muy fuerte, me voy a meter en problemas si te hablo. Ellos se salvaban del regaño, pero se quedaban con las ganas de transmitir las buenas noticias y los logros oficialistas, que los hay y muchos. De nuevo perdíamos todos. También el Gobierno.
 
Página Siete ha cometido errores, lo sabemos todos. Pero llegar a plantear que por eso ese periódico es un portavoz de la derecha chilena es un abrupto inaceptable. Lo digo con conocimiento de causa. Trabajé allí durante tres años, hasta abril de 2013, y me siento obligado a decirlo públicamente. Ese diario me envió a Chuquicamata, Antofagasta y Calama. El reportaje que hice reveló las multimillonarias ganancias que Codelco y el Grupo Luksic obtienen gracias al uso tramposo de nuestro manantial Silala. Uno de los columnistas del diario La Tercera destacó esos datos hace pocas semanas. En el Gobierno nadie tomó apunte de ello. No compagina con la “política comunicacional”.
 
No estoy de acuerdo con que se busque asfixiar a Página Siete a través del veto informativo, así como me niego a hablar de medios “paraestatales” sin tener pruebas de ello. Hemos entrado en una lógica facilista y perversa de encasillar a todas las voces entre la línea gubernamental y la que se opone a todo. No la acepto y estoy decidido a combatirla. Seguro hoy me acusarán de ser defensor de la “derecha mediática” con la misma ligereza con la que hace unas semanas me tildaban de ser “periodista del Gobierno”. Esa es la triste realidad del periodismo de hoy, que se alimenta todos los días a partir de políticas comunicacionales mezquinas y especulaciones ridículas. Así, perdemos todos.

lunes, 5 de agosto de 2013

"La mañana después de la guerra", primer año

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[13.09.08]
 
Era la sangre. No eran los 38 grados del mediodía cobijeño. Tampoco los sembradíos podridos, la vegetación amazónica, el olor a goma quemada o los riachuelos y basurales. Todo el lugar estaba impregnado por ese olor que emanan las heridas abiertas. Y los mosquitos enloquecidos embestían brazos y piernas con furia. Como si quisieran ser parte del peor de los momentos.
Casi no quedaba espacio en el pequeño patio y los pocos cuartos de la Federación de Campesinos de Pando, pero era el único lugar seguro de la ciudad. Las sillas no alcanzaban y los heridos se disputaban los escasos lugares en los que podían ocultarse del sol de mediodía. Los que podían dormir tenían que hacerlo sobre los pisos de cemento y piedra, mientras unas cuantas vendas y medicamentos eran repartidos con vasos de agua tibia que no apagaban la sed.
Esa diminuta sede sindical se había convertido en el mejor refugio de Cobija. Algunos de los que recibieron una paliza en las puertas del hospital Roberto Galindo huyeron allá. También estaban dirigentes que sufrieron amenazas durante la semana previa y otros que lograron escapar de la balacera a través de la selva, después de cruzar el río Tahuamanu y esconderse en el monte durante dos noches. En la Federación estaban a salvo, pero faltaba mucho para que el miedo se pueda disipar.

Así comenzaba "La mañana después de la guerra", el libro que tuve el inmenso placer de presentar hace un año.

La presentación fue en el auditorio de Entel. A mi lado están Fernando Barrientos y Raúl Peñaranda

Un año después, se han publicado algunas columnas que valoran el libro, también me hicieron unas cuantas entrevistas y se elaboraron notas de prensa a partir de las revelaciones. Además que fue demandado por amigos, colegas y otros lectores en varios países. Sé que los libros viajaron hasta Alemania, México, Argentina, Francia, Perú, Chile, Uruguay, Cuba y Estados Unidos. Imagino que alguno se habrá extraviado por otros rumbos en algún momento. Es un gusto enorme que los libros vayan viajando así. Libres e imprevisibles.

Lilian Thuram, campeón del mundial 1998 y luchador incansable contra el racismo. Recibió mi libro en Paris

El libro me trajo momentos espectaculares. Las presentaciones en La Paz, Santa Cruz y Cochabamba, por ejemplo. Las celebraciones con los amigos. Los encuentros con los colegas. Una de las horas más felices fue cuando le entregué unos cuantos libros a dos de las víctimas de la Masacre de Porvenir que habían prestado su testimonio durante la investigación. Buscaban apurados las páginas en las que aparecían. No era narcisismo, ellos querían sentir que su verdad también merecía ser contada y divulgada. Otro de los protagonistas me pidió 15 libros. Quería entregarle uno a cada familiar suyo y guardar dos para cuando sus hijos aprendan a leer. Me explicó que al terminar de leerlo entendió que su pequeño sacrificio tenía un sentido infinítamente más grande del que él había considerado. "Ahora siento que lo que hice es parte de algo, de un hecho histórico", me dijo.

Es un primer año recién. Lo digo en el prólogo, "La mañana después de la guerra" es una obra siempre incompleta a la que volveré siempre.


TODA LA INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO LA PUEDEN ENCONTRAR EN EL PORTAL WEB:
www.despuesdelaguerra.com