domingo, 22 de abril de 2012

[1952-1986-2008] Las revoluciones del MNR y el MAS

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Cada inauguración de un ciclo hegemónico recrea horizontes, ejes ideológicos que definen las perspectivas y programas de los proyectos políticos de cada tiempo determinado. Sucedió en la Revolución Nacional de 1952 cuyo ciclo se cerró con la debacle popular de 1986 y, recientemente, volvió a ocurrir a partir de la derrota de las élites conservadoras en 2008.
(de Abecor)

Es así como la rebelión popular que encarnó el Movimiento Nacionalista Revolucionario, a mediados de siglo pasado, estableció que el eje ideológico dominante fuera precisamente el nacionalista y revolucionario.

Luis Antezana, en un artículo fundamental titulado Sistemas y procesos ideológicos en Bolivia (en Bolivia Hoy, Siglo XXI editores, 1983) habla del “ideologuema del N-R”.

A partir del proceso revolucionario nacionalista y modernizador de 1952 (algunos dicen que parte en 1946, con Villaroel) se constituye una “herradura ideológica” con dos polos -nacionalista y revolucionario- hegemonizantes para el espacio ideológico y el campo político boliviano.

La “herradura” abarcaba así a los proyectos de derecha e izquierda y éstas debían moverse en este universo cerrado. En aquel entonces las expresiones de la “anti-nación” que representaban a la oligarquía minera, por ejemplo, quedaron fuera. Cuando menos de forma temporal.

El proceso político actual también logró consolidar un momento de ruptura en el que un bloque histórico es cualitativa y cuantitativamente superado por el otro. Sin necesidad de un derrocamiento y una insurrección popular -como nos acostumbraron los ejemplos de Cuba, Nicaragua o nuestro 1952- podemos decir que el Movimiento Al Socialismo encarnó una revolución.

Paréntesis necesario. Desde luego que encarnar un proceso no representa que el partido sea el único referente o dueño.

El MNR administró el Estado conquistado por la insurrección más importante del siglo pasado, así como ahora el MAS detenta el poder que conquistaron los movimientos sociales. Sin los mineros del 52 y sin los indígenas y campesinos en 2008 no se habrían consolidado los momentos revolucionarios.

El “abril” del MAS es septiembre de 2008. Cuando el oficialismo resistió la ofensiva final de las fuerzas conservadoras atrincheradas en los departamentos de oriente y sur e impuso su proyecto de transición constitucional hacia un nuevo Estado.

Las acciones de movimientos sociales que primero cercaron Santa Cruz y después enfilaron hacia La Paz fueron imprescindibles.

En 2008 se produjo el momento de discontinuidad más importante -en la historia de Bolivia - desde 1952. Y para encontrar un episodio de ruptura que haga de puente entre las revoluciones del MNR y el MAS hay que volver a 1986, cuando otra generación del partido rosado abrió las puertas a las expresiones de la “anti-nación” con la inauguración de la noche neoliberal.

1952 abrió un horizonte nacionalista y revolucionario; 1986 sepultó aquel intento de Estado y al campo popular del siglo XX; y 2008 abrió un nuevo ciclo hegemónico con un renovado eje ideológico que abarca lo intercultural, autonómico e indigenista.

Tal vez hallemos en la comprensión/asimilación de este ciclo hegemónico la explicación de los recurrentes fracasos de la oposición que, desde 2008, no puede proponer otro país.

Así como la izquierda no pudo proponer nada nuevo durante toda la década de los 90; ahora le toca a la derecha vagar por un momento de vacío e incapacidad.

La izquierda del siglo XX ya no tenía lugar en la historia después de la capitulación de Calamarca (1986), al igual que las élites del neoliberalismo no tienen perspectivas de recuperar al país después de que fueron derrotadas en Porvenir (2008).

Se morirán de tristeza, pero no volverán.

El proceso de cambio todavía no ha construido a sus fantasmas propios, no ha engendrado a su nueva clase política y consecuente élite partidaria (o de movimientos sociales). Pero ya es algo en gestación.

No es descabellado pensar que en algún espacio se viene creando una derecha autonómica, intercultural y plurinacional (vale aclarar que ésta no es, como acusa el Gobierno, el Movimiento Sin Miedo o la Confederación de Indígenas del Oriente).

Se vienen recreando las contradicciones internas en los choques entre visiones de país que tienen campesinos e indígenas, en las diferentes comprensiones de lo que es economía plural, en el proceso agrario, en la soberanía alimentaria...

Y así como le pasó al bloque de Víctor Paz , a los pocos años de la “ruptura”, comenzaron a emerger las contradicciones en el seno mismo de la revolución. Como ya pasó antes, ahora es tiempo de disidencias y lecturas antagónicas dentro de un mismo proceso. Y también, más temprano que tarde, será tiempo de una nueva ruptura histórica.

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Publicado en Página Siete el 9 de abril de 2012, a 60 años de la Revolución Nacional de 1952.

miércoles, 18 de abril de 2012

Domitila fue imprescindible para pasar de las botas a las urnas

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El 17 de enero de 1978 fue un día que Domitila Barrios de Chungara nunca olvidó. Fue cuando escuchó la resolución presidencial que decretaba amnistía general, desmilitarización de las minas y liberación de los presos.

La huelga “de las mujeres” triunfaba sobre una dictadura que comenzaba a despedirse y en el piquete se mezclaban abrazos, risas y llantos.

Ya se habían anunciado las elecciones presidenciales para julio de ese año y Domitila, como muchas otras veces, desplegaba esa sonrisa invicta que la acompañó hasta el final de su vida. Ganaron. Ganó.

Los impulsos eléctricos (la famosa picana) que recibió en las torturas y las botas militares le costaron buena parte de la dentadura, pero ella jamás dejaba aquel gesto amable que exhibía piezas postizas y algún vacío. Era imposible no sonreír después de poner fin al banzerato.

A Bolivia le costó mucho volver a la democracia y el piquete de huelga que iniciaron Luzmila Rojas de Pimentel, Nelly Colque de Paniagua, Aurora Villarroel de Lora y Angélica Romero de Flores fue uno de los episodios decisivos (Chungara fue primero coordinadora y se unió después al grupo que ayunaba).

Fueron 18 años de cuartelazos, represión y masacres (1964-1982) que tuvo que resistir la emblemática líder del Comité de Amas de Casa de Siglo XX, la organización que crearon las esposas de los mineros para apoyar en la labor política en los centros mineros del norte de Potosí.

(1967) “El ampliado de los secretarios debía inaugurarse el día 25 de junio. Pero la víspera, al amanecer del 24, que es la fiesta tradicional de San Juan, cuando se hacen fogatas y todos acostumbramos servirnos unas copas con los vecinos, cantar y bailar, entró el Ejército y mató a mucha gente. Y a todas las personas que, según ellos, habíamos apoyado a las guerrillas nos agarraron, nos apalearon, nos maltrataron y a varios les mataron. A mí, por ejemplo, a patadas me hicieron perder a mi hijito en la cárcel, porque decían que yo era enlace guerrillero”.

Así relató Domitila lo que fue la masacre de San Juan en la entrevista que le hizo la brasileña Moema Viezzer y que se publicó en 1977 como el libro Si me permiten hablar...

Muchos años después, en 2004, Domitila creó el Movimiento Guevarista. La pérdida de un hijo, la cárcel y la masacre no lograron extinguir su compromiso con las ideas del Che.

Por ese tiempo también comenzó a impulsar la Escuela Móvil de Formación Política. La enfermedad, que la acompañó desde 1984, le impidió consolidar estos dos últimos proyectos.

Sus males empezaron en los días de tortura. Su insuficiencia renal, que le demandaba costosos tratamientos de hemodiálisis, fue por culpa de su paso por las celdas policiales y centros de reclusión de los militares.

Pese a que siempre dijo que prefería Catavi o Siglo XX antes que París o Estocolmo, tuvo que instalarse en la capital sueca en los años del exilio. Allí fue cuando compartió con Gabriel García Márquez, quien llegó a esa ciudad a recibir nada menos que el premio Nobel de Literatura.

De vuelta al país tuvo un paso corto por la democracia de partidos. Fue candidata a la Vicepresidencia de la República por el Frente Revolucionario de Izquierda. Sin embargo, 1985 no era tiempo para opciones desde el campo popular.

Esa vez sufrió el machismo y la discriminación de la partidocracia naciente. En las paredes escribían que ella y su compañero de fórmula tenían amoríos.

Nunca más participó en procesos electorales. Fue una luchadora social que siempre aclaró que no peleó para que los políticos se enriquezcan. “Ésta no es la democracia por la que luchamos”, le dijo a estudiantes en una visita que hizo a un colegio paceño a finales del siglo pasado. Su sonrisa invicta seguía allí.

Lo suyo no era la plata. Por eso fue que necesitó de la solidaridad cubana y de ex autoridades, como el ex ministro Óscar Coca, en estos últimos años.

Sin su vida militante, la democracia no cumpliría 30 años de vida ininterrumpida en este año.


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Publicado en Página Siete en marzo de 2012