martes, 3 de enero de 2012

Candombe, fútbol y letras: En el país que combina a Benedetti con Forlán

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El bar Fun Fun es el más antiguo de las cantinas que sobreviven en el muy bohemio Montevideo. Allí se mezclan candombes, milongas y tangos con vino de la casa y grappamiel.

(Abecor)

En los muros del local, entre policopiados de tapas de las novelas de Juan Carlos Onetti y los poemas de Mario Benedetti y Daniell Viglietti publicados en periódicos de hace más de 30 años, aparece una foto del periodista y escritor Julio Toyos con su “amigo”, nada menos que el gran Obdulio Varela. El “Negro Jefe”, héroe del Maracanazo.

El gran Obdulio en una pared del Fun Fun...


Cuando arranca la música, uno de los muchos intérpretes que pasan por el escenario del Fun Fun entona los primeros versos de una de las más emblemáticas murgas del montevideano Jaime Roos.

Cuando juega Uruguay, juegan tres millones. // Corren las agujas, corre el corazón...

Y los asistentes se levantan y brindan a gritos, porque en fútbol se saben y se creen, como dice la letra de Roos, campeones de América y del mundo.

La canción sigue y recuerda la frase más emblemática de Obdulio. Como dice el Negro Jefe, los de afuera son de palo.

La historia cuenta que Varela quedó muy impactado después de haber silenciado a 203.850 brasileños en el Maracaná -tras la final del Mundial de Fútbol de 1950- y que, casi pidiendo disculpas, pasó esa noche brindando con los derrotados en los bares de Río.

Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos, recordaría después de aquel mítico partido.

Varela, sin quererlo, definió la estampa del fútbol uruguayo: con el cuchillo entre los dientes, los de afuera son de palo.

Mucho tiempo después, un amargado Obdulio renegaba de aquella victoria y repetía insistentemente que la victoria del ímpetu uruguayo sobre el talento brasileño sólo habría sido posible por una casualidad.

Gracias a eso, el diario El País de Montevideo inventó en aquel tiempo la tesis Varela-Benedetti. El gran poeta llegó a decir lo mismo del momento más glorioso del fútbol uruguayo. Aparentemente era lo único en lo que coincidían el vate y el jugador.

El Negro Jefe jugó 12 años en Peñarol, el gran rival del Nacional, del que era hincha Benedetti. Sin embargo, el poeta estaba lejos de interpretar aquel antagonismo como una relación de odio bélico (muy usual en estos días), sino más bien como un idilio trágico en la pobreza.

Que un hincha de Peñarol se enamore de un chica de Nacional, o viceversa, puede originar resentimientos familiares de envergadura, que los conviertan en los Montescos y Capuletos del subdesarrollo, escribió.

Peñarol, en un museo de Montevideo


Benedetti nunca lo reconoció en vida y tuvo que ser Eduardo Galeano quien lo delate. Cuando me despertaba, el encanto concluía y yo volvía a ser el pata dura de siempre. Esa fue una de mis coincidencias con Mario, los dos habíamos nacido gritando ¡Gol!, los dos hubiéramos deseado ser grandes jugadores de fútbol, pero fuimos vergüenzas de la cancha.

Otro que era realmente malo con el balón fue Juan Carlos Onetti. El autor de La vida breve veía el fútbol con la misma desesperanza con la que ambientaba sus cuentos.

Onetti, que antes de empezar en el periodismo fue peón de albañil, pintor de paredes, portero de un edificio, vendedor de máquinas de sumar y de neumáticos, encontró el peor oficio de su vida en la venta de entradas para partidos de fútbol en el estadio Centenario.

¿Qué es un vendedor de entradas si no un promotor de la esperanza? Una magnífica ironía hizo que el puesto recayera en un inventor de derrotas, dijo Juan Villoro cuando se enteró de ello.

Sin embargo, los escritores de mala pata (con respeto) no son lo único que produce Uruguay. Y tampoco todo su fútbol es áspero y vehemente, como el que lucía Varela.

De tierras uruguayas salió uno de los más finos y artísticos jugadores que dio América Latina. El francés Zinedine Zidane bautizó Enzo a su hijo porque aprendió a jugar viendo a Franccescoli.

El relator uruguayo Víctor Hugo Morales lo bautizó El Principe, por la estética y acabado que exhibía en su juego.

De hecho, en el equipo del Maracanazo jugaban varios artistas. El mejor de ellos fue Juan Alberto Schiaffino, mediocampista ofensivo de la celeste, quien "tenía un radar en lugar de cerebro" (Cesare Maldini dixit.). Aquel jugador que brilló en Milán y la Roma es uno de los antecedentes imprescindibles de lo que después fueron los enganches, especie que tristemente ahora está en extinción.

El Pepe Schiaffino le ganó al Principe de River Plate la pulseta por quién fue el mejor uruguayo del siglo XX. Atrás quedaron muchos grandes como Scarone, Andrade o Rubén Sosa, el poeta del gol. Adelante vendrían muchos otros talentosos hasta llegar a esta auténtica generación de oro liderada por Diego Forlán y dirigida por el Maestro Óscar Washington Tabárez. Uno de los últimos sabios del fútbol, si los hay.

Sin embargo, yo me quedo con otro. Uno que para mí se insinúa como una mezcla de todo lo anterior. Alguien que combinó talento, candombe, baile, huevos, picardía, maldad y poesía épica en el último gol que metió en un campeonato del mundo.

La mejor definición de aquella gesta del Loco Sebastián Abreu la hizo Martín Caparrós. “Algo así, supongo, es el arte”, dijo después de sentenciar a ese tanto como el mejor del pasado mundial de Sudáfrica. Lo apoyo plenamente.

Uruguay volvió al primer mundo del fútbol gracias a aquel campeonato y sus habitantes lo respiran a diario, como si quisieran explotar al máximo el momento de gloria que viven después de más de 50 años de austeridad.

Es así que en Ciudad Vieja, el barrio de la bohemia, donde en los cafés se lee a Benedetti, se mezclan jóvenes con poleras de Luis Suárez y de Diego Forlán, el capitán que, hoy por hoy, está apenas una grada por debajo de Artigas.



El Gol de Sebastián Abreu...

Era el momento decisivo: el último tiro de una serie, el que podía definirla y darle al Uruguay su mejor posición en medio siglo. Cualquiera hubiera hecho la ortodoxa: fuerte, media altura, si posible esquinado –y, de últimas, si el arquero se la para nadie le echaría culpas graves, mala leche. En cambio picarla es puro despilfarro: si sale bien es un gran chiste, carcajada del Guasón; si sale mal es la crucifixión sin tercer día, el fin sin revancha posible.

Abreu se mandó porque tenía ganas de joder, de ser el que se jugó la vida a un cuatro de copas y ganó, de romper con la lógica de la producción, de cagarse en la tapa del piano. Algo así, supongo, es el arte.

(Fragmento de “Un final –un principio, un medio”, de Martín Caparrós, julio de 2010)


Publicado en el suplemento IDEAS de Página Siete, el 1 de enero de 2012.