martes, 6 de diciembre de 2011

La noche triste del proceso de cambio

Poco a poco se fueron encontrando. Las mujeres que dormían  en la vigilia, los que visitaban el campamento por primera vez, los que aparecían por figurar, los oportunistas, los periodistas... Pero también estaban los de siempre, los que tumbaron a Goni, los que resistieron a las dictaturas, los que se ilusionaron al principio, los que habían puesto el hombro y el pecho, y todo lo demás...


Ese era el marco de la plaza Mayor de San Francisco, cuando se entraba el sol, el domingo 25 de septiembre. Se venía la noche.

Las imágenes de la TV todavía no habían hecho pública la magnitud de la vejación, pero en el centro paceño ya se sentía que algo se había roto para siempre.

Se fueron encontrando ex militantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), del Partido Comunista, socialistas, familiares de víctimas de la dictadura. Varios que se pueden reclamar como militantes de toda la vida. Y siguió llegando gente...

Ahí estuvieron, además, ex autoridades del actual Gobierno e incluso familiares cercanos de ex ministros y de ex diplomáticos de Evo. Un director ministerial camuflado entre la multitud advirtió, cuando ya era bien de noche, que en el acto de repudio estaban también muchos servidores  públicos en funciones.

La madrugada que le siguió a aquella noche triste trajo la primera de las renuncias. “No así”, dijo la ex ministra en su carta.

Le siguieron otras cinco dimisiones públicas. A regañadientes se fue quien no deja de reclamarse como inocente, que faltó a la verdad y entró en contradicciones en sus explicaciones de los hechos. Puertas adentro, su salida fue celebrada como pocas en los seis años de este Gobierno.

Con cartas públicas dejaron sus cargos funcionarios que alguna vez pertenecieron a un movimiento armado, o cuyos hermanos murieron en una guerrilla en la década de los 70.

En un ministerio le pidieron la renuncia a un importante funcionario que pidió permiso especial, por una mañana, para acoplarse a la marcha en repudio a la intervención policial.  Fue demasiado honesto y sus compañeros de trabajo no dubitaron un segundo en mandarlo al frente con su jefa que estaba de vuelta al país.

Se conocieron esas seis renuncias nada más, pero otras cartas fueron enviadas  esa semana a más de un ministro de Estado.

Nunca se podrá comprobar si realmente dos ministros de la línea indígena amenazaron con irse con sus misivas firmadas, pero sí se supo que, en silencio, directores, directoras y alguna consultora abandonaron sus puestos porque no toleraron los hechos de Yucumo.

El único que, desde un puesto gubernamental, criticó de manera abierta las consecuencias de la carretera por el TIPNIS también fue expulsado. Una tarde,  mientras él estaba de viaje, llegó una integrante del gabinete a posesionar a su sucesor ante la incredulidad de todos los funcionarios presentes.

Unos cuantos de los que acompañaron su gestión de más de cinco años también se fueron con él. Se aplicó el principio revolucionario del siglo pasado: “En tiempos de crisis, toda crítica es traición”.

Algo similar debió argumentar un ministro repuesto en el cargo cuando decidió retirar a buena parte del personal contratado por quien fuera primero su sucesor y después su predecesor.

Cuando los movimientos sociales más grandes se enteraron de las debilidades de las clases medias progresistas incrustadas en el Gobierno dieron su tajante veredicto: expulsión.

Los campesinos y colonizadores, sin cuya participación hubiese sido imposible todo este proceso, no estaban (no están) dispuestos a tolerar que gente “que come gracias al Gobierno” simpatice con los “indígenas traidores” y cuestione la anhelada carretera a través del TIPNIS.
 
No alcanza para hablar de una persecusión en las filas del proceso de cambio. Pero tampoco se puede ocultar, por mucho que lo intenten, la profunda herida después de aquella noche triste.


Publicado el 4 de diciembre de 2011 en el suplemento IDEAS de Página Siete

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