domingo, 3 de julio de 2011

Fútbol y esquizofrenia: River a la B

Cuenta Ángel Cappa (ex DT de River Plate) que en 1981 volvió a la Argentina de su exilio por la dictadura militar y fue al Monumental a ver al equipo de la banda roja contra su superclásico rival. “¡Humille Beto, humille!”, gritó alguien de la gradería cuando la recibió Norberto Alonso, el mágico 10 que poseía el equipo Millonario. “Hoy no gritarían eso, dirían ‘ponga huevo, Beto’”, lamenta el entrenador que, además, es filósofo, escritor y docente universitario.

viejos tiempos

El 26 de junio de 1996, un joven Matías Almeyda levantaba la copa Libertadores de América. En ese equipo ganador jugó uno de los máximos exponentes del fútbol de fina estampa que tuvo River en el siglo XX: Enzo Francescoli. También asomaba, con 22 años, un bajito atrevido y de gambeta corta llamado Ariel Ortega. 

Francescoli, 26 de junio de 1996
15 años después, exactamente en esa misma fecha y en ese mismo estadio, un Almeyda vuelto del retiro y devenido en figura, líder, referente, capitán, caudillo y última esperanza, contemplaba desde atrás del arco local como su equipo de toda la vida perdía la categoría frente a un alegre y ordenado equipo cordobés. “Ponga huevo River, ponga huevo”, bajó desde la gradería local durante buena parte del partido, pasó lo mismo en todos los partidos de estos últimos años poco felices.

Los equipos del Beto y el Enzo parecen de otra galaxia frente a ese onceno que salió a descender (que no a ganar) el anterior domingo. En sus últimos 10 partidos en primera división, parecía que los jugadores de River no se acordaban dónde quedaba el arco contrario. 

Cada pase conectado les costaba un triunfo. Vivían desquiciados, sabían que debían ganar cada partido, que la patria riverplatense estaba en juego, pero cada vez que saltaban al verde césped (Labruna dixit.) trataban de rematar con la rodilla o cabecear con la mano. De otra forma no se explica cómo Adalberto Román hizo el penal que comenzó a liquidar la llave final por el descenso en la cancha del pirata cordobés.

Fútbol y esquizofrenia. Hace tiempo que en una significativa parte de los estadios del mundo se reclama sacrificio por encima de habilidad. En otras latitudes se premia el despliegue físico o la mezquina sumisión táctica. La fantasía se convierte en antivalor o conducta patológica. 

Capitalismo y esquizofrenia. La disciplina vale más que el compromiso (y la militancia). La regularidad importa más que el talento. El fútbol es un deporte que respira gracias a la destreza, la creatividad, la iniciativa y, también, la desobediencia. Sin embargo, es un universo no del todo autónomo del mundo que habita. 

Y ante semejante escala jerárquica, cómo no esperar el trastorno colectivo que ocasionó esta alteración de la realidad y la peor noticia de un equipo con 110 años de vida. Más vale asegurar que golear, mejor ‘meter’ que jugar. Mejor llegar a tiempo que llegar mejor. “Ponga huevo” es una de las máximes que ilustran el tiempo que se vive.

Y River cayó en ese desquicio que nubla cualquier horizonte. El gran capitán devenido en dirigente (Passarella), el mejor jugador distorsionado como el hombre que más garra pone (Almeyda) o juveniles llamados a ser veteranos salvadores (Funes Mori, Cirigliano, Díaz, Lamela). Incluso el arquero más grande de River (Fillol) fue despreciado por un maleducado y sobrevalorado guardavallas que tuvo la suerte de apellidarse como un portero de verdad (Carrizo).

“Ya no existe la bohemia de antes. Hoy el mensaje es más claro: si ganas sirves, si pierdes no”, sentenció un nostálgico Adolfo Pedernera con 80 años. Lo dijo en 1994, ya podía percibir lo que después iba a suceder. Él fue, junto a Lousteau, Moreno, Muñoz y Labruna, parte de la mítica Máquina de River de los 40. 

La Máquina de River (1941): Juan C. Muñoz, José M. Moreno, Adolfo Pedernera, Angel Labruna y Félix Lousteau. (Foto: Clarín)

En este planeta, hace cinco años que el más ganador de los equipos es una orquesta de compañerismo, generosidad y magia. Pero River nunca lo tuvo como referente. Ni siquiera el crítico Cappa pudo torcer esa tendencia irremediable que se instaló en el vestuario del Monumental y en muchas partes del mundo. En cambio, el que más gana está en otra cosa. Verlo permite creer que también vale divertirse, jugar y vivir. Sirva la lección. Hasta pronto, River Plate.

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