miércoles, 25 de agosto de 2010

La vida después del chaqueo

Esta crónica, preparada el año pasado para la ¿extinta? revista NINGUNO, se publicó el 25 de agosto en Página SIETE. Salió de la investigación "INTERRELACIONES ENTRE EL PODER LOCAL EN LAS COMUNIDADES RURALES Y LAS ESTRUCTURAS SOCIALES Y POLÍTICAS EN LA TOMA DE DECISIÓN CON RELACIÓN A LOS RECURSOS NATURALES" que realicé con la GTZ en 2007.Un programa de inmersión en el que conviví con una familia en Cuatro Cañadas. De esos días quedó este textito que desentierro en estos días de chaqueo, cenizas, ardor de ojos y fuego estúpido.



La Vida después del chaqueo

 Chaqueo, sequía e inundación, sin escalas
Foto propia.

La noche de sueño más rara que tuve fue en Cuatro Cañadas, un municipio cruceño que está en la entrada a la amazonia, sobre la carretera al Beni. En pleno surazo tuve que dormir en una cama al aire libre, con una carpa tapando sólo el lado por donde llegaba el viento y un mosquitero (algo como una media nylon gigante) que nos protegía de los murciélagos.

Alrededor de Cuatro Cañadas hubo selva, virgen y bondadosa, pero los productos químicos que usaron los capos de la soya arruinaron todo. Ahora sacar algo de esos suelos cuesta un triunfo y la ganadería aparece como la única opción de subsistencia aunque requiere  una inversión previa muy difícil para los pobladores de la zona..

La familia de don Juan cambia la vida a diario porque con algo hay que salir a la hora del almuerzo. Actividades de recolección, siembra de tallitos de yuca, pesca son algunas de las posibilidades. Llegaron a esa tierra en 1979, legalizaron su propiedad a mitad de los 80’s y ya vieron nacer tres hijos allí. “El ecosistema se puede ir a la mierda -dice Juan- pero nosotros nos quedamos en estos pagos”.

Juan Quisberth, colonizador y nacido en un pueblo de Cochabamba, sabe que las cosas han cambiado radicalmente desde que él y su joven esposa llegaron hace 30 años. La tierra ya no es la misma y, gracias a los chaqueos de invierno, parece que ni siquiera el cielo y el aire es el mismo.

Si en Santa Cruz de la Sierra se hace difícil respirar en esta época, el ingreso a la amazonia roza lo insufrible. En el camino me comenzó a doler la cabeza y al chofer le vino un ataque de tos que no se podía parar con nada. A todos nos ardían los ojos.

Cuando los indicadores de calidad del aire oscilan de regular a malo la recomendación es comenzar a usar barbijos pero eso en el campo no se encuentra. En agosto la alerta de la calidad ambiental llega a café y después a rojo, es decir, pasa de malo a muy malo.

Zafé de milagro de la mordida de esa víbora...
Foto del sobreviviente.

Ir a pescar al Río Grande va a ser difícil –me dijo don Juan– porque los dos caminos siguen tapados por la crecida. El surazo llego prácticamente junto a nosotros cuatro horas antes. Al día siguiente me lo presentaron recién, “es un sur seco, cada año llega en agosto”.  

Desde hace unos cuantos años –recuerda don Juan– todo anda cuesta arriba. Ahora hasta las cosas simples se complican y cumplir con la más básica cotidianidad se torna imposible. Se rompe una pala, el río cierra los caminos, te ataca una víbora (malagradecidas), la noria se seca, el arroz se arruina. Así son la mayoría de los días. 

Hoy no puede ser un gran día, reconoce cuando vuelve a su casa poco antes de que den las diez de la mañana. Está jodido el campo allá, te vas de la sequía a la inundación sin escalas. Y buena parte del año te castigan los dos a la vez. Vamos en moto al ingreso al río y una imagen lo dice todo. Árboles calcinados por el chaqueo, suelos secos, tierra arruinada y un pozo que no se evapora desde las lluvias de marzo.

Ese gran pozo impide a la familia Quisberth practicar la pesca en el río Grande hace más de 150 días, cinco meses exactamente.

Las consecuencias del chaqueo masivo y del uso de químicos fertilizantes trajeron consecuencias devastadoras. Antes del boom de la soya se podía producir toda clase de productos agrícolas. Ahora apenas se puede sacar sorgo (alimento de pollos de muy bajo precio en el mercado), algo de yuca, choclos pequeñitos y arroz.

Sólo el sorgo se puede producir sin mucho sacrificio, todo lo demás requiere extremar recursos. El maíz y el arroz necesitan riego tres veces por semana y sembrar yuca es como jugar a la lotería.

La noche en esa planicie es absoluta, sólo hay una lámpara a garrafa que desentona a la hora de la cena. Don Juan lamenta tres heridas por machetear (yo celebro no haber perdido una mano). El jefe hace cuentas frente a la mujer y los hijos, no alcanza todavía para comprar un par de bestias. “Me llamaron para armar un corral y un establo y voy a pedir adelanto”, comenta. Después confiesa que le van a pagar prestándole un tractor por unas horas para levantar el sorgo. Don Juan es un optimista y un obstinado.

“Esa planta no vale nada, hay que ver otra cosa”, cierra la esposa cuando recoge los platos. María es realista. Esa otra cosa es aceptar la oferta de los emigrantes menonitas que compran tierras a todos los colonizadores. “Con esa plata alcanza para una ferretería al borde de la carretera”, vuelve a hablar la esposa.

¡Esta era mi cama!
Foto del noctámbulo.

La familia lo sabe, para quedarse con su terruño no queda más camino que incursionar en la ganadería, aunque eso requiere una inversión que quita el sueño a todos los asentamientos de colonizadores que vieron como poco a poco perdían su selva.

La cena fue más optimismo. Contó que otros colonizadores trajeron nuevas semillas de arroz que no exigían mucho riego e iban a hacer el intento. Al día siguiente el jefe iba a vender el sorgo e iba a poder comprar algunas cosas en el pueblo. Esa noche dormí en la hamaca, ya no había sur.

Seguía yo acostado cuando vi como el cuartito que usaban como cocina se desplomó. No había nadie adentro y las tablas que se cayeron no rompieron nada. Calculé que al volver don Juan del mercado pasaríamos la tarde rearmando el cuartito. No era gran cosa, incluso con una pared menos, la mujer pudo cocinar.

Estaba yo recostado en mi hamaca cuando María le comunicaba a Juan que se iban. Y se fueron de verdad. Vendieron esa tierra a los menonitas y ahora tienen una ferretería. La esposa sabía hace rato que el sueño de vivir de la tierra había terminado, así quedó la vida después del chaqueo.

El encanto de las hamacas o el placer de hacerlas uno mismo

 De vez en cuando viene bien dormir (Piero dixit).
Foto propia.

Las hamacas tienen ese encanto incuestionable de las genialidades simples. Y ese poder inexplicable de las infinitas posibilidades. A mi alguien me quedó debiendo una hace unos cuantos años y cuando me invitaron a crear la mía no dude un momento.

El modelo Cuatro Cañadas de este invento maravilloso para el sueño es hecho de hilo plástico del más grueso de fabricación brasileña (ellos lo usan para fines menos nobles, ¿cómo se dice cogotero en portugués?). Tiene grandes ventajas, la red es fácil de llevar a cualquier parte porque es liviana y no ocupa mucho espacio (con lo que supera a casi todas las hamacas mexicanas) y es perfecta para climas ultracálidos por la ventilación extra que permite (ahora sí ya le ganó a todas).

La primera lección del arte de tejer es distinguir las herramientas de trabajo. Dos tablas. Una es larga, casi dos metros, y con dos clavos donde comenzamos la construcción de nuestro sueño. La segunda es una tablilla en la que ambos extremos acaban en una bifurcación (tipo V), donde se envuelve el hilo plástico.

El primer nudo es el más difícil. Toda la futura hamaca depende de que ese punto no se corra ni se desate. Luego sólo la tienes que hacer crecer con mucha paciencia. Mucha, porque son diez horas de hacer nudos. Uno al lado del otro y luego encima de los anteriores.

Si la hamaca queda firme bastarán dos troncos para engancharla y echarse a descansar. La calidad del hilo y el tipo de nudos convierten este modelo en prácticamente eterno. En cambio, si los nudos no son firmes comenzarán a correrse uno sobre otro deformando el modelo y reduciendo su tiempo de vida. ¡A dormir!


Posts de la época en la que se vivió este texto:
Volvemos al oriente...
En una hora rumbo a Cuatro Cañadas
Un 24 de septiembre distindo
Programa de Inmersión y Desarrollo 2007

Álbum de fotos del Programa de Inmersión y Desarrollo (Flickr)

2 comentarios :

  1. Y aún así te trataron en medidas de sus posibilidades cual huésped ilustre.

    Cual el viento se llevó, pero sin haber visto el resultado del esfuerzo si no en otro lugar donde el viento les trate mejor.

    Triste compañero.

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  2. Difícil realidad, difícil vivir. Pero, y no sé si lo pude expresar entrelíneas, no te imaginas la pertenencia y el cariño que tenía esa familia para con su pago. Falta todo, pero las sonrisas siempre estuvieron.
    Un abrazo compañero.

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