domingo, 17 de febrero de 2008

Gol de Francescoli o El día que vi a Fidel por primera vez

El domingo 8 de agosto de 1993 todos en mi casa se levantaron como a las siete de la mañana, cosa de no creer. Todos locos además puesto que el evento al que iríamos empezaría puntualmente y había que llegar con buena anticipación para conseguir buenos lugares. No habló de la iglesia, aunque es en esos días que yo comenzaba a vivir el fútbol como la misa dominguera más auténtica. Esa tarde jugaban Bolivia contra el Uruguay en el Siles y la cita era imperdible. Las semanas previas la selección pegó una goleada artística en Puerto Ordaz y regaló la victoria más emocionante de la que cualquier hincha boliviano pueda dar testimonio. Pero el partido era hasta las cuatro, porqué mi familia me sacaba de la cama –casi a patadas –a las siete de la madrugada y para qué carajos mi viejo estrenaba traje en domingo. Se suponía que ese tenía que ser un domingo enteramente dedicado a palpitar la tercera jornada de las eliminatorias donde la selección era el sueño más alucinante para un niño de nueve años como yo en esos días. Y en eso llegó Fidel.

Flor de equipo: Jamaica, Barbados, Santa Lucia, Cuba, Cuba
Italia, Bolivia y Perú

Bueno había llegado unos días antes en el marco del primer juramento de Goni como presidente del país. Eran tiempos de debilidad para el clamor popular y no creo que el gringo se imaginara por esos días la pueblada que lo despacharía diez años después. La cuestión es que esa mañana de domingo había un acto programado en el hotel Plaza donde mi viejo junto con otras personas le entregaron plaquetas, pergaminos, medallas e incluso un casco minero al Comandante. Yo no quería ir, para mi esa tarde todos los caminos conducían al Siles, no quería saber nada de ese Fidel Castro. Mi oposición fue un fracaso absoluto, ya estábamos en camino mientras mi viejo me repetía convencido que en unos años iba a apreciar todo eso. ¿Lo habrá dicho de boca para afuera? Es de esas historias que me hacen creer que la pasión militante más que deber ser es subjetividad permanente ligada a uno. Lo único que puedo afirmar es que iba con cara de velorio, me habían sacado de mi fiesta y para mi era la injusticia más grande del universo. ¿Otra vez Fidel? Si ya había ido a recibirlo a la Avenida Montes con banderita y todo y lo único que había visto eran tres autos con vidrios raybanizados acelerando a full. Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar, aunque ese domingo el damnificado no era Batista, era un chico que a las diez de la mañana ya quería ir al estadio.


¿De qué habló Fidel esa mañana? No tengo la menor idea, yo no entendía nada de lo que estaba pasando a mi alrededor. Sí me acuerdo que me aburrí como nunca en la vida yo creo. Mencionó el fútbol en cierto momento y pensé que tenía mal el dato de la hora porque no tenía la más mínima intención de acabar con su intervención. A esas alturas ya todos los periodistas en el salón me habían dicho que deje de acercarme a las grabadoras que estaban frente a los altavoces. Foto viene, plaqueta va, hay risas por un chiste indescifrable del Comandante, doy la milésima vuelta al salón, Patria o Muerte de los asistentes, la hora referí!!!! Todo acabó pasado el mediodía y parece que yo era el único que se alegraba de ya no verlo a ese tipo enorme. Quería ir directo a Miraflores y a mis padres se les ocurrió otra locura imperdonable, decidieron almorzar y luego ir a casa a cambiarnos de ropa. Total, las entradas tienen numeración y el Boris es conciente de que no sabe como llegar sólo al estadio.

Ya en la fiesta el primer tiempo acabó cero a cero. No odié a Fidel en las tres horas de su discurso pero me bastaron quince para desearle todas las desgracias posibles a Robert Siboldi, el arquero uruguayo que no había dejado pasar una. Luego del descanso llegó el primer gol, fue del actual DT de la selección. Sigo sin comprender su maltrato al público paceño en los últimos años siendo que acá le regalaban todo el cariño, sincero y solidario, que cualquier futbolista podría desear. Luego uno del Diablo que siempre soñé con imitar y que seguiremos intentando infructuosamente. Y el tercero de José Milton, del gran Melgar que es de los que más extraño en estos días de carencia de fútbol y criterio. Con el tres a cero los uruguayos ya estaban en el horno. Bolivia era una murga, túnel incluido de Platiní a un uruguayo que trató de hacerse al desentendido cuando por dentro debió haber deseado dedicarse a la gastronomía. Quedaban pocos minutos, nada realmente. Quedábamos con seis puntos por las tres victorias, Brasil lejos, ya derrotado con sólo dos y nos tocaban los equipos fáciles todavía. Faltaba poco.

Doce años y nada ¿será que la ganan de nuevo?

¿Y el gol de Francescoli? Sinceramente yo estaba en la recta bastante alejado del arco sur donde le clavó ese tiro libre a Trucco. Se podría decir que ni lo vi pero ese es el gol del uruguayo que nunca olvidaré. Con F de Fidel porque para mi así fue la jornada. Yo a Fidel le siento esa característica especial. La de ser, sino partícipe, componente de una cantidad abrumadora de sucesos definitivos para Latinoamérica, desde el Bogotazo hasta la clasificación boliviana al Mundial de los Estados Unidos. Gol del príncipe con F de Comandante y un montón de recuerdos, varios bastante lejos del fútbol, que disfruté compartiendo en estas líneas.

7 comentarios :

  1. Muy buen artículo. :-D Pobre muchachito

    ResponderEliminar
  2. me ha gustado... interesante tu post.
    oye sera que me puedes pasar los temitas recomendados en ciudad cuetillo?
    los quisiera todos, pero primerito, ese del pepino, que canta el papirri...

    saludos!!

    ResponderEliminar
  3. Nu: Jajajaja, gracias. Pobre de mi.

    Utópico: Creo que ese puede ser el uso que le demos al Esnips, subir las canciones que nos pidan del programa. Esta tarde subo Pepino Pandillero del Papirri, que te comento, por cuestiones de tiempo no la pusimos en su integridad. Tiene una intro de un minuto donde el Papirri le rinde homenaje a La Paz. Te aviso a la brevedad.

    ResponderEliminar
  4. Bien tarde mi comentario...

    Sólo para decirte que exactamente por los días que leí tu narración, si lo leí hace días en serio, estaba muy sensible, mientras Puebla retumbaba en mi cabeza. Lloré, lloré en silencio, luego de leerte pues como dices al final. Fidel transversaliza la América Latina, para quiénes sabemos (re)leernos para atrás o es, por último, nuestra historia misma.

    Un abrazo-sonrisa

    ResponderEliminar
  5. Bueno, tarde mi respuesta, jaja.

    Compañera, encuentro pocas honestidades tan francas(no es redundar), libres como la tuya. Tampoco encontré en estos días, donde Cuba adquirió relevancia, querencias como las que mantenemos por todo lo que pasa por allá. Preferí en estos días no hacerle el examen a Fidel y a los cubanos como optaron en todas partes. Algo que nosotros podríamos hacer con mucha mayor justicia y autoridad además. Preferí soltar un recuerdo porque, como tu bien apuntas/celebras, releernos devela nuestras comuniones mucho más allá de cualquier clase de manifiesto.
    Nos debemos un ron en el malecón, preferiblemente más cerca de habana vieja que es por donde están los musiqueros de ley.

    Te confieso que luego modifiqué la parte final del texto, acaba así:
    De Francescoli con F de Fidel porque para mi así fue la jornada. Además un príncipe no es más que un título nobiliario, lo que tiene Fidel va mucho más allá de su credencial. Ser, entre otras cualidades, sino partícipe, parte de una cantidad abrumadora de sucesos definitivos para Latinoamérica. Esos atributos suyos son irrevocables.

    ResponderEliminar
  6. Fidel es un hombre. Y de los grandes. Es suficiente con ello.

    ResponderEliminar