miércoles, 1 de agosto de 2007

Romario salva o jogo

Del gol que yo no me olvido más es del segundo a Uruguay en septiembre del 93. Mauro Silva quita un balón en el medio y manda el pelotazo para que o baixinho resuelva, esa definición fue espectacular. Parreira acudió a él para pedirle auxilio, Bolivia se había robado el protagonismo en la eliminatoria y a Brasil lo había complicado más de la cuenta. No me olvido más porque ese día Bolivia clasificaba al mundial en Guayaquil y Romario comenzaba a ganarlo en el maracaná con un doblete salvador. De esa alegría, la boliviana claro, no me olvido más tampoco.

A estas alturas del partido el gol mil es una perfecta excusa para reivindicarlo y de esta manera homenajear al juego mismo. Este jugador bajito representa un permanente menosprecio a los saberes más difundidos en el mundo del fútbol. La carrera de Romario quebró permanentemente los hábitos que le impusieron al fútbol. Y aquí no hablo de sus salidas por las noches o sus escapes rumbo al carnaval de Río. Esas son intrascendencias, cuestiones de nula influencia para el carioca más genuino. Romario desvirtúa otras nociones, mucho más sustanciales, más inmanentes del fútbol propiamente hablando. Esta ruptura de la normalidad es el gran favor que le hace Romario al juego.

En el fútbol de mezquindades y alta competencia, física obvio, la vigencia de un goleador de 42 años es más que una afrenta. Y Romario salió goleador del torneo brasileño el 2005, plena vigencia. Aun así lo de Romario va más allá de esto, supera el ámbito de los hábitos, lo físico y la edad. Imagínense un gol clásico de Romario. Recibe el pase en la entrada al área de espaldas al arco, el pase puede venir de cualquier socio que tuvo: Laudrup, Stoichkov, Koeman o Raí. El pase viniendo de estos eximios jugadores no puede ser menos que bueno. Romario la recibe y sucede, un segundo eléctrico donde Romario paraliza el juego. Inmóvil y de espaldas al arco está por atravesar a las defensas más elaboradas de Europa. La puede enganchar para adentro o pasarla por un lado, la cuestión es que Romario burla la línea de defensores y define tranquilo. Homenaje al fútbol, reivindicación de que la austera eficiencia puede ser menos, mucho menos, que la habilidad generosa. En estos días esos goles se ven poco. Fuera del hecho de que se marcan pocos goles también son menos los equipos que tratan de llegar al arco rival tocando. A mi me gustan las defensas que están armónica y cuidadosamente elaboradas, pero no por eso hay que renunciar a jugar al fútbol y resignarse a correr. Ya no se ven socios de esos que desarmaban defensas sin levantar la bola del piso. Ahora cada vez hay más centros y menos paredes.

Claro que ya no vemos muchos goles romarianos. Desde hace años los ilustrados en fútbol decretaron que Romario no era un jugador eficiente, luego dijeron que el enganche ya no existe más, luego este cuento de que se ataca por las bandas, imposturas de la mezquindad. Uno de estos “entendidos”, Luís Aragonés, tuvo a Romario en Valencia y no lo entendió, no pudo. Romario ya llevaba una tonelada de goles encima y una copa del mundo pero el sabio español no podía asimilar su música, el carioca se marchó a seguir marcando goles. Así, siempre en su ley, Romario llegó ahora a convertir los mil goles. A mi juicio, cualquier afrenta a estos sabios del fútbol es una gran victoria del juego sobre las miserias que le han sido impuestas.

Aunque quieran restar legitimidad al logro impugnando la autenticidad de los goles el logro es notable desde todo punto de vista. Solamente en el Vasco da Gama hizo la cantidad de goles que un delantero superior al promedio hace en el transcurso de su carrera. Pelé hizo más goles pero en una época en la que los partidos acababan 6 a 4, a Romario le tocó un tiempo mucho más complicado para los delanteros. Además, de los mil doscientos de Pelé se dice que fueron contabilizados desde sus divisiones inferiores. El hecho es que Romario ha hecho una cantidad fantástica de goles y eso es incuestionable. Se merece este agradecimiento un gran inventor de alegrías, por su sediciosa irreverencia.

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