jueves, 2 de agosto de 2007

Mi memoria de esos años: Rompiendo pautas de confrontación

Mi memoria de esos años:
Rompiendo pautas de confrontación

boris miranda

"La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino aquel pletórico de tiempo - ahora"
Walter Benjamín

Probablemente el título de este trabajo sugiera mucho más de lo que pretende. Y la verdad no me interesa agregarle mayor carga de protagonismo o relevancia a lo que hicimos esos años. Es un periodo que abarca, en mi caso, desde 1998 hasta el 2001 más o menos. Durante esos años participé en grupos compuestos mayoritariamente por jóvenes, grupos y redes de grupos. Primeros gritos de rebeldía, creo que eso era lo nuestro. Ahora voy a tratar de descargar mis memorias de ese lindo tiempo en estas hojas. Esta es mi versión del cuento de esos años, donde yo digo, sin ninguna pretensión megalómana, que rompimos nuestras pautas de confrontación.

1.- Existía, obviamente, una acumulación de saberes prácticos hasta ese momento. Y como nosotros éramos debutantes, aplicamos toda esa herencia. Sin duda, muchos de nosotros mantuvimos aquellos formatos de acción. Ojo, no responsabilizo a ninguna generación anterior por traspasarnos esa carga; si yo hago eso ellos podrían culpar a la precedente y todos pecaríamos de ver las cosas de manera muy estática. En aquel momento existían unas formas de hacer que se habían acumulado, en otro momento se tenía que producir una discontinuidad y así empezamos a hacer de otra manera. Pero para que llegue ese momento nosotros tuvimos que cometer todos los errores que se pueden imaginar; probábamos, nos equivocábamos, reíamos, nos “puteábamos” y volvíamos a empezar. Así era según recuerdo, íbamos descubriendo con muchísimo más instinto que con razón, aunque nosotros tratábamos de que suceda precisamente lo inverso.

Probábamos de todo para descubrirnos. Un día era la calle, ahí realmente entraríamos en acción. Otro día era mejor la formación, prepararnos. Luego decidíamos que había que buscar equilibrio entre ambos, entonces nacían las comisiones. Ahí complicábamos toda la cosa porque cambiábamos la calle y la formación por las reuniones largas de planificación. Todas nuestras inseguridades se reflejaban en aquellos intentos. Hicimos acciones callejeras, no más de quince buenos tipos que ni siquiera podían interrumpir medio carril del paseo de El Prado y por eso hacían su protesta en la zona peatonal. También pensamos pretenciosos talleres de formación política que empezaban con el Manifiesto de 1848, donde inclusive una vez recuerdo que pedimos a los mayores que nos armaran, muy al viejo estilo, una escuela de cuadros. De las comisiones mejor no hablar, las comisiones generalmente derivaban en otras comisiones.

Pero estábamos ahí, después de alguna experiencia negativa volvíamos a intentar. Llenos de inseguridades pero convencidos de que en algún momento lo íbamos a lograr. Y es ahora cuando recién voy comprendiendo lo que a mi me pasaba, y lo que probablemente le pasaba a otros que estaban allí. Porque en aquel momento estábamos convencidos de algo y eso era aparentemente lo que activaba nuestro espíritu combativo. Yo creía en eso de la certeza de la victoria, en que éramos parte de una etapa de lucha por un futuro mejor. Confieso que eso fue a lo que más fuerte me aferré. Y no era el único, no a todos les pasaba lo mismo pero estoy seguro que no era el único. Es que esa certeza lo volvía todo más fácil, te quitaba peso de la espalda. Me acuerdo de esa frase vieja, “el presente es de lucha, el futuro es nuestro”. A esa frase la tomamos como una promesa y no como un aliento. Era algo que venía del tiempo de nuestros abuelos y que nosotros reproducimos durante un tiempo. Ahora me parece difícil de creer, sentíamos que lo estábamos haciendo bien gracias a eso. Pero, lo más importante, no estábamos ahí gracias a eso. Y esto es lo que recién entiendo ahora. Estábamos ahí por algo que no entendíamos, o que negábamos. Digo negábamos porque la pasión estaba más desprestigiada que la historia o la conciencia. Creo que nunca nadie dijo pasión, conciencia si, todo el tiempo, y el manejo que le dábamos a esa palabra era totalmente desnaturalizado a nosotros mismos. Además por esos días sonaba mejor decir que uno está presente por un llamado de la historia que por un impulso apasionado. Y ese impulso sobraba en aquel tiempo.

Entre esas contradicciones se desenvolvía nuestra militancia. Porque eso era, militancia, aunque la palabra pertenezca al glosario de los términos de un trasnochado. En el marco de esas contradicciones es que pasamos por ratos feos. Como cuando tratábamos de forzar el compromiso, por ejemplo. Forzando el compromiso es que a ratos esa militancia se volvía en un oficio, en el mal sentido de la palabra. Nos presionábamos para lograr ese “compromiso” y nos amargábamos la existencia entre todos. Me acuerdo que por esos días hasta dejé de jugar fútbol por ir a unas reuniones inservibles los domingos en la mañana. Y al fútbol, para hacerle justicia, le debo, junto a la mititancia, lo que entiendo ahora por solidaridad, compañerismo y horizontalidad. En cambio cuando nos movíamos por convicción todo era distinto. Ahí es cuando gozábamos de las acciones colectivas, cuando mejor nos salían las cosas. Cuando era de oficio al final no teníamos ganas ni de tomar un vino.

2.- El 2001 era un año importante, significativo. En el 2001 se cumplían los treinta años del golpe de estado de Hugo Banzer, uno de los personajes a los que más satanizábamos. En aquel año ya existían grupos consolidados y coincidimos varios jóvenes de procedencias diversas. Era un compromiso ineludible, algo se tenía que planificar para ese 21 de agosto y tenía que ser grande. La planificación y el despliegue de actividades tenían que hacerse con meses de anticipación. Las dictaduras siempre tuvieron una carga simbólica enorme para nosotros, fechas como 21 de agosto, 17 de julio, 11 de septiembre o 24 de marzo eran parte de nuestro calendario cotidiano. Y otra vez aparecía esa idea del llamado de la historia entre nosotros.

Claro que durante ese periodo no se hicieron cosas por oficio, todos estábamos convencidos de lo importante del acontecimiento y participábamos activa y alegremente de las actividades. Muchas cosas se combinaban en aquel momento. Teníamos que ajustar cuentas con una parte de la historia. Éramos más de dos generaciones que se unían en repudio a un momento y a una persona. Y la verdad es que creo que me “jodía” más el hecho de que Banzer sea presidente en esos momentos. Me molestaba más que el tipo se jacte de ser un padre de la democracia y todo su cuento. Entonces me sentía confrontado con el presidente actual, dictador y todo lo demás pero lo más importante es que era un sujeto del tiempo que corría. Y yo siempre estuve en esa clase de cosas pensando en buscar construir una nueva sociedad y para lograr ese futuro tenía que pelearme con el representante de ese presente. Para que se note mi manera de ver el tiempo de manera mesiánica en esos días. Además, si Banzer se moría antes del 21 de agosto del 2001 yo creo que habría estado algo decepcionado, con el enemigo caído antes del día que le íbamos a dar el gran golpe. Me acuerdo bien que por eso no me agradó del todo la idea de que ceda el poder ese 6 de agosto.

Creo que ya antes de ese 2001, y no lo sabíamos en ese entonces, nosotros ya vivíamos ese ansiado futuro. Porque fue un tiempo en el que dejamos de orientar nuestros esfuerzos en buscar un futuro, el presente era un momento que disfrutábamos. Con la razón, a la que tratábamos de seguir, vivíamos el tiempo mesiánico, el calendario del futuro. Calculábamos la distancia del paraíso en términos de la acumulación de condiciones para su llegada. Con el instinto, en cambio, se vivía el futuro en el presente, el tiempo del aquí y ahora. Porque éramos lo que queríamos ser, el proyecto llevado a cabo en muy pequeña escala. La famosa nueva sociedad se dejaba ver entre nosotros, sus hábitos, valores, errores. Instintivamente construíamos eso que queríamos y yo ni me lo imaginaba. Yo estaba en otra, supuestamente luchando contra un tipo, pensando que ese era el camino. La convicción, la pasión y el instinto lograron esa configuración, una experiencia invaluable de aquel momento.

3.- Y también se acabó. En mi caso abruptamente porque me surgió un viaje muy largo por esos días. Pero ya antes de eso sentía que la retirada estaba cerca. Y no creo que fue un error dejar que muera ese grupo. Alcanzamos un momento excepcional donde, aparte de la trascendencia del acontecimiento, logramos eso que explicaba en el párrafo de arriba. Ahí nuestro medio era nuestro fin. El aprendizaje de esos días es lo que he tratado de explicar aquí, los años de esa militancia me cambiaron definitivamente. Luego de vivir esa experiencia sentí que ya no había necesidad de transformar al grupo en un referente de la sociedad, algo que muchos deseábamos en cierto momento. También el famoso llamado de la historia ya había perdido su contenido, sonaba vacío. Seguía, sigo, lleno de inseguridades pero en definitiva ya veía las cosas de otra manera.

Y también llegó octubre del 2003. Yo ya estaba lejos de cualquier clase de organización salvo mi grupo cotidiano. Y ante los acontecimientos de ese mes varios coincidimos en la calle, pero ya lejos de pretender organizarnos pasamos a la acción directa. Otra vez nuestro medio era nuestro fin, porque esa vez construimos junto a un grupo infinitamente más grande. Éramos parte de las movilizaciones, no todos obviamente, cada cual desde donde pudo. En octubre del 2003 no teníamos necesidad de asistir como grupo constituido, en el sentido estricto de la palabra. En octubre todo era muy distinto a lo que habríamos hecho años antes. Otra vez se vislumbraba la nueva sociedad en la lucha, pero esta vez con todos los sectores que se habían movilizado. Por eso ya no sentimos la necesidad de estructurar una organización como tal, y lo mismo pasó el 2005.

Eso fue lo que hicimos. Por eso aclaraba al principio que no tenía la intención de darle más trascendencia o protagonismo a lo hecho. Porque como nosotros rompimos nuestras pautas de confrontación desde la experiencia de esos años lo hicieron muchos otros grupos, a su manera. Eso lo comprobamos el 2003, cuando nos encontrábamos en la calle.

Eso es todo. Solo queda decir que haber dejado de participar en esa clase de grupos no significa haber renunciado, gracias a lo vivido es que ahora entiendo esos esfuerzos desde otro ángulo. Y también me resta pedirle disculpas a los que compartieron conmigo esos años y que se puedan sentir estafados u ofendidos por estos recuerdos míos. (La Paz, noviembre del 2006)

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